sábado, 3 de febrero de 2018

Del amor y sus verdades. Parte V. De valorarse

Hoy me crucé por el inframundo de la internet con una serie de escritos que me hicieron repensar varias cosas.
Uno de ellos era este:

El quehacer musical, ¡bah!, el arte en su totalidad, lo que en psicología se conoce como sublimar, es lo que nos salva y salvó varias veces de la "locura".

Por mi parte, tengo una tendencia a dirigir mis energías a lugares erróneos y así, perderme: de mí misma, de mis intereses y hasta de mis objetivos de vida. Claro que no es responsabilidad de nadie más que mía. También tiendo a compararme con otras chicas y esta tendencia pocas veces sale a mi favor.

Cuando me encuentro a solas con mi alma, en la introspección, en la valoración, en el reconocimiento de mis logros, de mi camino, del pozo donde estuve y del lugar en donde estoy, es ahí donde vuelvo a darme cuenta una vez más de lo que realmente vale la pena*: mi persona y la música, mi amor desde y para siempre.
Aparecen las ganas de dejarme de joder crear, de cantar, de tocar, de pintar. Así hice y deshice, inventé y reinventé, me entusiasmé, me halagué, me critiqué y me emocioné.

Mucha gente me da ese entusiasmo solamente con sus acciones. Otras, con sus palabras. Y a veces me lo doy yo misma.
Y así aparecen mi hermana y sus palabras. El amor incondicional de mis hermanos-amigos. Mi compamigo y su reacción al grabar el tema de Queen (¡una expresión que no olvido más!, porque fue recordar en un segundo el camino recorrido). Ani, mi maestra musical, mi entusiasmo por crear y su felicidad por tenerme otra vez, aunque sea un ratito.

Son pequeñas grandes cosas que atesoro, que me alimentan, porque la felicidad está dentro de uno, por mucho que quizá nos pese. Uno es el artífice de su vida, uno tiene las herramientas y el poder de hacer con ella lo que quiera: lo bueno y lo malo.

¡Por favor, cómo necesitaba escribir para que salga esto! =)




*¡Cuidado con las lecturas! No me hago responsable.